domingo, 16 de marzo de 2014

....Y AL FIN DESPERTE.



Mientras nos acercábamos, observé un numeroso grupo de gente frente a la entrada del edificio, rodeando a dos coches de policía, aparcados sobre la acera.
-Qué pasa, pregunté al llegar. Sus caras de sorpresa, inquisitorias, amorfas adelantaban la contestación. Sus miradas devolvían la pregunta. Un niño con cara de susto, señalando hacía el interior de la escalera, musitó -mujer mala…..
Lucía hizo ademán de retroceder, sujetando mi  mano con esa inequívoca presión que produce el miedo y el instinto protector. La miré a los ojos, tratando de tranquilizarla, -Quédate, solo me asomaré para ver que pasa.
Atravesé el zaguán de la puerta e inicié la subida, a tientas, por la escalera, al comprobar que no podía hacer uso del ascensor por estar cortada la corriente. Note que el pulso se aceleraba, que las palmas se humedecían. Presentía que no estaba solo. Un haz de luz me cegó, era el foco de una potente linterna.
-Quién es usted, musitó una voz firme. ¡Agáchese!, ordenó. No puede pasar, continuó.
-Vivo aquí, contesté, soy el vecino del ático.
-Espere y no se mueva.
Noté que, sigilosamente, se desplazaba hasta el piso siguiente, donde mantuvo una conversación rápida.
Regresó, me volvió a deslumbrar al tiempo que hacia un gesto para que lo siguiera. Observé que en cada piso estaba apostado un agente. Llegamos al apartamento. Estaba abierto y en su interior otros agentes, de negro y encapuchados, estaban revolviéndolo  todo. Inicié una  protesta, pero me conminaron a callar. El que parecía estar al mando, explicó que tenían orden judicial para entrar en el apartamento a practicar un registro. Era el procedimiento rutinario de una investigación,  siguiendo la pista de una organización sospechosa de proveer de combatientes para alguna de las guerras en curso. Andaban a la busca de los códigos secretos que permitían comunicarse a las diferentes células entre sí. Sabían que la última persona que los custodiaba era una mujer de rasgos caucásicos, pero ante la presión de la policía, los había cedido a otro miembro apodado “el Alsa”.
A estas alturas, mi taquicardia haba ido en aumento. Con el pensamiento, maldecía la locura de este  mundo que hacia inseguro mantener amistades lejanas. Maldije la intervención de Lucia en el intento de suicidio…¡Emma! ¡Lucia!, ¿quienes eran en realidad? Acababan de aparecer en mi vida, justo después de la muerte de mi amigo Alfredo ….¡Dios mio, en qué lío me habían metido…!
El pasmo que mi interior  sufría debió de transmutarse en una expresión ojiplática, tan convincente que el agente indicó que tomaran nota de la filiación y  número de contacto para darme  instrucciones de acceso al apartamento.  Sin saber cómo, me encontré en el suelo, a los pies de la cama y en mitad de la noche.