miércoles, 15 de febrero de 2012

MIRANDO A LA LEJANIA

Era un día invernal, frío y soleado. De esos que el cuerpo añejo agradece la caricia tibia del rayo luminoso. Dejó a un lado el periódico que estaba hojeando y se ensimismó en sus recuerdos. Recordando su vida, llegó a la conclusión de que nunca había hecho plenamente lo que le hubiera gustado.

Antes de cumplir los catorce ya estaba trabajando por cuenta ajena, sometido a los horarios y exigencias laborales. Apenas había dejado atrás una niñez de horizontes estrechos, de escasos estímulos, salvo los que la propia imaginación era capaz de proporcionarle. Nada que ver con las niñeces actuales.

La disciplina paterna, acorde con la social que imperaba,  fomentó su amor por los espacios abiertos, y el vivir a orillas del mar facilitaba huir en alas de la imaginación. Siempre había una aventura que correr, solo o en compañía de otros chicos. La aventura del descubrimiento del mundo que le rodeaba era más apasionante que las tediosas horas en casa, bajo la vigilancia y tutela de los mayores. El precio de las escapadas era el castigo y el sentimiento de culpa.

La adolescencia y primera juventud también estuvo limitada por la necesaria formación académica que los avatares económicos domésticos habían impedido en su momento, forzando nuevas disciplinas que, no por necesarias, eran menos limitativas a la hora de explorar nuevos horizontes.

A poco llegaron las obligaciones con la patria, rito iniciático de la época que conllevaba la aceptación de nuevas normas de convivencia social. Una vez cumplido el periodo, vuelta al trabajo y casi sin pensar ya tuvo novia, mujer, hijos ...y nuevas responsabilidades. Familiares y laborales.  Como una red que se tejiera a su alrededor para aprisionarlo. Bien es cierto que no faltaron gratos momentos, gateras por donde escapar ni retos que superar, pero siempre dentro de un orden establecido, el cual era aceptado y lo hacia respetar a su vez.

Hasta que el tiempo marco el final de las etapas. Los hijos se fueron y a su vez engendraron otros. El trabajo también dijo adiós, en beneficio de nunca supo que intereses.  No lo lamentó pues supo aceptarlo
como algo tan natural como las gafas a los 40 y las cataratas a los 70.

Descubrió que volvía a disponer de tiempo para si,  para pensar en si mismo, para mirar a los demás al fondo de sus ojos. Para comprender la razón de los comportamientos, de sus propios errores,  dándole capacidad para no avergonzarse de cosas que no tienen más importancia que la que  determine la norma social al uso.  Comenzó a saborear el silencio, a apreciar una buena conversación y a la gente que sabe expresar una idea, enriqueciendo al auditorio. 

Decidió que en lo sucesivo no volveria a caminar por los mismos caminos caducados. Que si hubo un dia que se dijo a si mismo: "He colgado las botas", ahora era el momento de decir: "Me las vuelvo a calzar"



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